Generación X
¿Se acuerda usted de la proterva
Generación X? Una tirada de jóvenes visiblemente a disgusto. Indignados con todo, disconformes, antihéroes de mirada adolorida. Enfundados en una vehemente sensación de desamparo, caminaban desgarbados con la vista gacha, los jeans todos rahídos y la idea de que tipos como Nick Cave y Kurt Cobain los comprendían mejor que sus propios padres.
Yo llegué a ser parte de esa camada. Un poco joven quizás, 16 o 17 años, pero me sentía tan identificado con ese estilo para percibir la realidad. Lo
cool me parecía idiota, las costumbres de moda dignas de un neandertal con síndrome de down y salir
de levante (como se decía en aquel entonces) no era nada comparado a una buena tarde de agónica melancolía a oscuras en el sofá.
Los psicólogos de todo el mundo analizaban el fenómeno y daban acabadas muestras de preocupación, acompañadas de complejas explicaciones sociológicas con sabor a Prozac.
Vacío espiritual, berreaba la iglesia con ese ajado discurso proselitista que siempre atina a esbozar ante la posibilidad de sumar adeptos o lavarse las manos, dependiendo de la ocasión.
La realidad, amén de los por qués, era categórica: nada nos venía bien. Inadaptados y desavenidos, siempre preferimos criticar y desmerecer todo aquello que éramos incapaces de conseguir por nuestros propios medios. Y nos valíamos de argumentos fáciles, pero genuinos, como la escueta capacidad intelectual del ciudadano promedio o el patético preconcepto de felicidad a $ 9,99 que fácilmente podía encontrarse en cualquier Carrefour.
Hoy, la película ha dado un giro de 180 grados, la trama es diametralmente opuesta a la que yo imaginaba y los actores, de muy poca monta, vale destacar, han cambiado roles de manera tan antagónica que me descompone.
Debería haber titulado esta disquisición:
Como amilanar a toda una población, por Agulla & Bachetti. Porque hoy todo, absolutamente todo, es una buena razón para no pensar, no sentir y no vivir. Y nos son tres verbos al tún tún que se me acaban de ocurrir; me refiero específicamente a nuestra muerte intelectual, emocional y física. A pesar de lo excesivamente apoteótico de la última oración, creo que encontrará lógica en mi razonamiento.
Hemos dejado de
pensar.
Y aquí debo hacer una salvedad ya que no me consta que alguna vez lo hayamos hecho, pero no me concierne dilucidar la realidad de generaciones anteriores sino sencillamente la nuestra. Hemos dejado de pensar y para no hacer de este ensayito un libro, voy a apelar a un único ejemplo doméstico que espero ilustre con pericia mi punto de vista:
Menem está segundo en las encuestas para las elecciones del 2003. En lo que a mí respecta, hay solo tres tipos de personas capaces de votar a Menem: a) el tipo que vive en una villa de emergencia, que ve cada día más y más desnutridos a sus hijos, que no puede acceder a la información que develaría la clase de persona que es el Caaaarlo y que le debe no menos que la vida (y por ende el voto) al político de turno que le levanta una taperita de chapa para que tenga donde vivir y le da una changuita para zafar; b) el inmoral que espera
sacar tajada de una posible victoria electoral y se caga olímpicamente en el resto de la población, o en los potenciales resultados de semejante calamidad electoral a un nivel agregado, si se quiere; c) el imbécil, en el más estricto sentido de la palabra. El sujeto del ejemplo A queda eximido de toda culpa debido a factores exógenos. Pero tanto el sujeto del ejemplo B como el del C se encuentran en el mismo plano: son ciento por ciento responsables de un error que le puede (y que ya lo ha hecho) costar muy caro a todo un país. B no nos incumbe en este caso, pero ... ¿y C? ¿Cómo se explica semejante dejadez? Recuerdo, en las últimas elecciones presidenciales, preguntarle a una amiga mía a quién tenía pensado votar. –
A De la Rúa -, me dijo, -
sí, porque ya me cansé de cómo roban los justicialistas -. Le expliqué pacientemente como la gestión de Chupete en el gobierno porteño había sido poco menos que una remake a escala del Holocausto, a lo que ella replicó –
y bueno, pero no me queda otra ... Duhalde es un narcotraficante y no quiero que gane ... ¿a quién voy a votar sino, a la izquierda? -. Un poco confundida y con la atinada certeza de que votar al peronismo tendría sabor a lobotomía, eventualmente terminó por poner una feta de jamón o una foto de Clemente o algo así en el sobre. No me voy a poner a explicarle como y por que barbaridades de este calibre son las responsables, entre tantas otras, de las muertes por inanición en Chaco (por nombrar un ejemplito de tantos), pero sí es importante esclarecer los motivos que llevan a una chica inteligente, de una educada clase media/alta a escuetamente
no pensar. Motivo número 1: los medios han aprendido con gran pericia ha abducir la atención de las mentes ociosas (y no tanto). Moria y su séquito de desavenidas vecinas dadas a las tortas o la poligamia (lo que venga primero); Mtv y un tropel de videos de medio pelo que giran y giran y giran; Tinelli (héroe intelectual del más grandilocuente proceso de desinteligencia nacional) y toda la horda de
hilarantes inadaptados que por años han hipnotizado a todo un país con el humor más estúpido que se pueda concebir; Suar (mano derecha de Tinelli en este proyecto) y sus
heterogéneos éxitos novelescos que noche a noche deleitan a la familia argentina con las más desopilantes aventuras barriales (esto me recuerda poderosamente un capítulo de Los Simpsons en el que Lisa se desvive tratando de fabricar una muñeca capaz de esparcir cultura entre las niñas de su edad; plan que corre una desafortunada suerte cuando los fabricantes de la Barbie Malibú sacan a la venta una nueva muñeca igual que todas las anteriores, pero esta vez ...
con sombrero!). Motivo número 2: la desinformación constante de ciertos multimedios, como el Grupo Clarín, que hace un trabajo
ten points a la hora de filtrar y tergiversar los diversos hechos de interés general. Motivo número 3: la propagación del excitismo y el nihilismo por parte de las agencias de publicidad a través de comerciales de cualquier pavada ... ¡pero siempre acompañada de un buen par de nalgas bien bronceadas! Motivo número 4: el tiempo que todas las cosas ya mencionadas le quitan al hombre para, por ejemplo, leer un libro. Etc, etc, etc. Podría extenderme en los motivos de nuestra pavorosa escasez de sinapsis, pero imagino que la idea general queda plasmada a las claras. La culpa no la tienen ellos, que no quede ninguna duda al respecto; los únicos responsables somos nosotros. Si alguien se acerca y le dice –
sea un estúpido – y usted le hace caso, ¿quién es el responsable? Claramente el problema somos nosotros y como de a poco fuimos permitiéndonos convertirnos en este híbrido entre
Big Mac y adoquín de Avenida Alberdi. Hemos dejado de pensar. Hemos
optado por dejar de pensar, quizás. Un poco llevados por las circunstancias; no es fácil enfrentar la realidad cuando ésta solo nos muestra los dientes ... pero tampoco lo es la alienación y la enajenación perpetua, ¿verdad?
Hemos dejado de
sentir.
Más flagrante aun es nuestro abandono de los sentimientos que nuestra merma intelectual. ¿Nunca le sucedió (pregunta retórica) que “
tuvo un momento” con alguien en el colectivo y dejó pasar la oportunidad para conocer a ese alguien? Esto es algo que me cayó como un balde de agua fría hace ya muchos años, sobre un colectivo 42. Yo estaba sentado en el asiento del medio de la última fila en la parte posterior; dos asientos más adelante y a mi izquierda estaba sentada una chica; dos asientos más adelante y a mi derecha estaba sentado un flaco de su misma edad. Intercambiaron miradas y hasta sonrisas, desde Chacarita hasta Belgrano. Definitivamente hubo un “
momento” entre ambos, una electricidad, una tensión. Eventualmente y como era de esperarse, uno de los dos llegaría a destino, y le tocó al flaco. Como buen espectador en butaca de lujo, puedo aseverar que él intentó, al pasar junto a ella, emitir una palabra. Su propia inhibición y un subrepticio movimiento de la chica girando su cabeza para no mirarlo en el momento preciso fueron más que suficientes para boicotear la acción. Mientras descendía por la escalerita, él se dio vuelta, hizo una pausa y la miró por última vez, quizás esperando que fuese ella quien salvara la tarde. La chica lo miró y permaneció en silencio. Apenas hubo arrancado el colectivo, me di vuelta para descubrir, a través de la luneta, que nuestro pésimo Romeo continuaba de pie junto a la parada, mientras veía a su Julieta alejándose para siempre. En ese momento sentí pena, aunque no duró mucho. Al darme vuelta la vi a ella, arrodillada sobre su asiento, mirando hacia atrás y contemplando la misma imagen a través de la luneta. Tenía una expresión triste. Y de la pena pasé automáticamente a experimentar asco. La escena era tan patética que hasta era indigna de la más barata novela de amor (digamos, un Corín Tellado, un Pol-ka producciones en pleno auge). Esto, o algo muy similar, nos ha pasado a todos alguna vez. Y no hemos hecho absolutamente nada al respecto. La falsa seguridad del histeriquismo y de un ego semi-alimentado por una mirada cómplice parecen ser premios muy superiores al arcaico riesgo que implica acercarse a alguien y ser rechazado ... inclusive cuando el premio pueda significar amor, sexo o felicidad. No nos permitimos correr riesgos cuando nuestras emociones están en juego. No nos permitimos sentir. Cambiamos de canal cuando vemos un chico de 9 años que pesa 15 kilos porque nos da
mucha lástima, no llamamos a la chica que nos gusta para decirle lo mucho que ella significa para nosotros porque queda
muy arrastrado, tratamos de no llorar porque es
muy depresivo y
al mal tiempo buena cara.
Hemos dejado de
vivir.
Lisa y llanamente. Y para ilustrar esta afirmación solo necesito dos palabras: Gran Hermano. He llegado a saber de personas que rechazaron fiestas, reuniones o hasta una sencilla salida con amigos para quedarse en sus casas viendo Big
Dumb-ass Brother. Es bastante categórico ¿no? Cuando uno llega al punto en que prefiere vivir una vida ajena (aunque eso implique quedarse absorto y fascinado frente al TV durante 45 minutos viendo a alguien roncar inmóvil en una cama) que interactuar en primera persona con la sociedad, es el momento en el que deja de vivir. Suspender una cena para encontrarse con esa finlandesa en el chat, quemarse la cabeza 24 x 7 viendo tele en lugar de ir a jugar al fútbol o mandar un mail en lugar de levantar el teléfono para charlar con alguien son meros ejemplos de cómo nos acercamos cada día más a “
The Matrix”. Salvando las distancias y hablando a escala, ya está sucediendo. Ya estamos casi metidos en un capullo, alimentándonos por un tubo y viviendo una vida cuasi-ficticia.
¿A qué iba con todo esto? Ah, sí ... la Generación X. Uno esperaría que dicha generación, hoy promediando los 30 años, mostrase algún atisbo de rebelión contra un estilo de vida francamente penoso, impuesto desde un escritorio en un piso 45 y que el resignado populacho acepta como una realidad dada. Pero no. No, no, no. Lejos de eso, somos nosotros quienes participamos en Gran Hermano, diseñamos grandilocuentes campañas de publicidad para vender basura en coquetos sobrecitos de colores y vemos pasar la vida por HBO.
Me pregunto si la Generación X realmente existió, fue un espejismo o una expresión de deseo de unos pocos salida de control. Hoy día, todos mutaron. Avanzaron, si se quiere. Por momentos siento que cometí el craso error de aliarme al bando perdedor, de permanecer por motus propio como uno de los últimos bastiones de un momento de claridad de una generación idiota. Idiota, nuevamente, en el más estricto sentido de la palabra. Y esos son los momentos en los que me siento bien ... en los que me siento vivo.
~ This is why i suck ... and why you, most definitely, don’t run with a better luck ~